miércoles, 27 de octubre de 2010

Nunca en Martes


Uno de los momentos más desconcertantes que puedo llegar a sufrir es cuando vuelvo a sentirme atrapado por un rostro femenino. La belleza humana se escribe con letras genéticas, pero la reglas ortográficas son secretas. Que unos ojos, una nariz, unos labios, un suave mentón, la piel tersa y un conjunto de cabellos armónicamente dispuestos pueda iluminar en un momento y con tal fuerza la existencia, de manera que su impresión perdure más allá de lo sensitivo, no deja de perturbarme. 


Supongo que afortunadamente la experiencia me permite enterrar esos impactos, dejarlos en cuarentena. Pacto conmigo mismo no dejarme arrastrar por la estela de la casualidad (aunque esto último no es más que un fracaso anunciado, porque vivir viene a ser eso, voluntaria o involuntariamente). Rechazo las energías que aporta cada día la ilusión, vana siempre. Y empiezo a entender que a base de estas renuncias, o me convierto en un cínico o en un misógino bien educado.

Por eso, aún consciente de lo fútil de este pronunciamiento, prometo no enamorarme nunca en martes. Especialmente en martes. Y tomando la casualidad semiológica de mi parte, me pongo en brazos de Marte, el dios Romano de la Guerra, para vencer a una Afrodita que, tienta siempre y nunca cede.

Nunca en Martes.