Pintar el mundo de gris es un privilegio que tienen algunos fenómenos meteorológicos, como la intensa lluvia de este último día de verano. Y cuando ése gris es la excepción y no la regla como en latitudes más septentrionales, una serie de saltos a través de esos días de luz bastarda nos puede llevar a la infancia. A un patio de colegio a través de cristales lacrimosos, a barro chapotero, a botas "katiuskas", a charcos que se aparecían como oportunidad para salpicarlo todo.
Estar bajo cierto tipo de lluvia es incómodo y poco recomendable para la salud. Pero somos legión los que nos vemos atrapados por la nostalgia cuando en plena canícula estival, deseamos una tarde al lado de la ventana mientras en el exterior llueve con ganas. En ese deseo me veo leyendo, más que por el disfrute de la lectura, por el disfrute de esa luz atemperada y eléctrica a veces, filtrada por densas nubes y repartida, ya sin ese vector de los días soleados, hacia todas direcciones por igual.
Otra pequeña manía: pasear poco después de una intensa lluvia por los campos y bosques. Los olores son más intensos, ya sea a tierra mojada o a la exudación del verde. No hay melancolía en esta parte de mi afición a los días lluviosos, quizá si en otras; aún así, la lluvia se filtra entre nosotros como un engorro en nuestros quehaceres diarios. Lástima! Al igual que en otras tierras más norteñas o atlánticas celebran el sol por su excepcionalidad, deberíamos disfrutar de nuestros escasos días de lluvia como cuando de niños sentíamos el suelo blando, las calles mojadas y el mundo gris.
